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miércoles, 27 de febrero de 2013

MUERTE EN SOLEDAD


Hoy he sido famoso, se ha hablado de mi en la radio, en la televisión incluso mostrando una foto mía, la misma que ha aparecido en toda la prensa con grandes titulares, la que a modo de estandarte ha encabezado una manifestación. Y es ahora cuando lo entiendo todo, ahora comprendo lo que ha pasado, la única posibilidad en la que no había pensado ha resultado ser la acertada, muy a mi pesar, pues dado mi corto entender ni siquiera la había sopesado ni imaginaba que fuera posible.

Todo empezó un domingo por la tarde, después de haber estado todo el día fuera, al volver a casa nos paramos en una estación de servicio, cosa extraña por que habitualmente no lo hacemos pero que no me pareció tan raro dado que me serviría para despejarme de la media siesta que me había echado. Me alegre doblemente cuando ví que además tenían las mismas ganas que yo de jugar y por eso sacaron del baúl una pelota. Nos pusimos a jugar con ella hasta que una de las veces la lanzaron muy lejos y tras irla a buscar, al regresar no encontré a nadie, pensé que habíamos cambiado el juego y ahora lo hacíamos al escondite.

Alegremente me preste al juego y no fue hasta pasado un buen rato que empecé a preocuparme. No conseguía encontrarlos por ningún sitio, ni siquiera el coche. Estuve esperando durante horas, hasta que no quedo nadie y cerraron la estación. Empecé a caminar sin un rumbo demasiado claro mientras que miles de dudas se acumulaban en mi cerebro. Un sentimiento de culpa se iba apoderando de mí, el sentimiento de saber que has hecho algo, que has perdido a tus seres queridos y la impotencia de no saber que hacer, ahogan cualquier planteamiento lógico. El frío de la noche iba haciendo mella en mi ánimo, aparte de que no había cenado, pero mi propósito era claro, así que sin dejarme llevar por el desaliento seguí caminando hasta que por fin un primer rayo de sol apareció por el horizonte.

Aun así seguí desconcertado y desorientado, no sabia muy bien hacia donde me dirigía, pero una imperiosa necesidad de seguir intentándolo, de intentar llegar a algún sitio, de encontrar a mis seres queridos me empujaba a continuar.

Poco a poco mis esperanzas se fueron mermando, mis fuerzas fallando y mis prioridades cambiando. Tenía hambre, tenía sed, y por las noches tenia frío. Hasta ahora había disfrutado de comida abundante y a unas horas fijas, nunca me faltaba agua para beber, por las noches dormía a cubierto y tenia cariño a mi alrededor, quizás no tanto como el que yo prodigaba pero había un calor humano.

Ahora todo eso se había esfumado, juntamente con una buena parte de mis esperanzas de retornar a esa vida, no todas porque en el fondo de mi corazón seguía quedando un poco de fe, de esperanza, de anhelo de que ese sueño que tenía por la noches cuando conseguía encontrar algún sitio resguardado y podía dormir un poco, de que de pronto despertaba de una pesadilla, o de que simplemente al girar una esquina, ellos estaban allí y me llamaban y con saltos de alegría y lágrimas en los ojos todos volvíamos juntos a casa.

Ahora mis prioridades eran encontrar ese sitio donde pasar la noche, encontrar algo que beber, algo que comer, sortear los peligros que me acechaban y sobre todo seguir caminando, seguir dejándome llevar por esa necesidad imperiosa de avanzar sin perder la esperanza y soñando en que el día siguiente será diferente y algo me pasara, llegaré a un lugar conocido, o bien los encontraré o me encontrarán porque seguro que ellos están tan preocupados como yo, o sino alguien me ayudará en esta búsqueda.

Y sí, una mañana alguien me lleva con él, alguien que me recoge y me traslada a otro sitio. Quizás sea el principio de esta pesadilla, ya me veo de nuevo en casa, arropado por toda la familia e intentando olvidar las penurias y los peligros de estos días.

Ese alguien me da un techo, una comida, agua para saciar mi sed. Pero no me da esperanzas, no me da cariño, su trato es frío y distante. Aún así estoy contento de lo conseguido, ahora sólo espero no estar muchos días aquí y poder volver lo antes posible a casa. Que lejos y que mágica suena esa palabra, “casa”, hogar, un hogar donde cobijarse, donde compartir el cariño, donde no te falta de nada, donde estar con los tuyos, que mágica y al mismo tiempo que lejana y distante.

Ese alguien por fin repara en mi, y me vuelve a llevar consigo, quizás me lleva a casa, quizás mis problemas se hayan acabado, mis deseos cumplidos, mis esperanzas oídas.

Pero no, me lleva a una habitación, y tras encerrarme, algo empieza a ocurrir. Me falta el aliento, no puedo respirar. Tras unos minutos de lucha intentando llevar algo de aire puro, algo de oxigeno a mis pulmones, las fuerzas me fallan y me siento desfallecer. Solo han sido unos minutos, pero ha sido una muerte lenta y dolorosa, angustiante y agobiante. He sentido que me faltaba el aire, cuanto más respiraba mas necesitaba respirar. Parecía que mis pulmones estuvieran ardiendo y al mismo tiempo fueran comprimidos por una fuerza inmensa y extraña. Mi cerebro a punto de estallar y mis ojos deseando salir de sus órbitas, hasta que por fin perdí el sentido y después simplemente fallecí.

Ahora enarbolan mi foto en busca de justicia, consideran injusta mi muerte, o más bien mi modo de morir, y yo se los  agradezco, pero me planteo que es una extraña justicia la que pedís.

Es triste que alguien juegue con la forma de la muerte, apropiándose de los beneficios que la sociedad da para esa muerte digna, supuestamente en beneficio propio, y si, debe ser juzgado y debe responder ante la ley. Una ley que no entenderá de sentimientos, sino de engaños, de fraude, de esa, en teoría apropiación indebida de esos pocos pesos destinados a que mi muerte hubiera sido algo menos cruel.

Porque la ley no entiende de sentimiento, porque si lo hiciera tendría que juzgar a más gente.

Gritan exhibiendo mi foto, pedís renuncias, exigís cabezas, piden que mi tipo de muerte no se vuelva a repetir por cruel y falta de dignidad.

Pero, es que hay alguna dignidad o falta de crueldad en ser atropellado por un coche y estar durante horas agonizando en una cuneta mientras sientes que irremediablemente la vida se te escapa ?

Hay alguna dignidad en morir peleando con una jauría de perros salvajes que ven en ti su alimento, y que una vez tras otra van desgarrándote la piel hasta que no puedes más y te sientes desfallecer, al tiempo que con un mínimo de conciencia sientes en todo tu cuerpo las dentelladas, los desgarros de tu carne y sabes que la cena esta puesta?

O simplemente, hay alguna dignidad en morir de hambre?

Gritan pidiendo justicia, pidiendo que se pague mi daño y mi dolor. Pero es que lo que me duele no es mi cuerpo, es mi alma, es el entender que fui abandonado, que fui despreciado, que fui excluido de lo que era mi hogar. Que todo mi amor fue traicionado en aras de algún extraño motivo. Toda mi fidelidad no fue correspondida. Eso es lo que me duele, el abandono, las horas de in certeza, las dudas, mis sentimientos de culpabilidad, el desamparo al que fui expuesto, el tenerlo todo y que de golpe me fuera arrebatado sin un motivo justo. A ellos deberías pedir responsabilidades, por que no lo olvides nunca “Yo no lo haría”, “Nunca les abandonaría”, y eso que no soy más que un perro y se supone que no pienso, pero ya se sabe, los sentimientos no tienen nada que ver con el raciocinio. 


En memoria de tantos ángeles abandonados cruelmente y luego asesinados por el estado en los centros de Zoonosis.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

REFLEXIONES SOBRE LA EUTANASIA

REFLEXIONES SOBRE LA EUTANASIA.

Por el Dr. Juan Agustín Gómez

Después de algunos años de práctica en la clínica de animales
pequeños, se fue desarrollando en mí una creciente inquietud con
respecto a este tema, ya que siempre había sospechado que era
necesario tener una posición, una actitud coherente y sobre todo
honesta frente a una situación en la que tantas veces me había
encontrado implicado y actuado mecánicamente de acuerdo a los "usos y
costumbres" social y profesionalmente aceptados.

Han transcurrido unos cuantos años más, he acumulado experiencia, he
observado con preocupación y atención, he incorporado información y
actualmente creo poder expresar una opinión cuando se me requiere y
ésta es una de esas oportunidades.

Ante todo debemos dejar aclarado el significado de la palabra
"eutanasia", con el propósito de que todos sepamos a qué nos referimos
cuando la mencionamos. Personalmente opino que se la usa
incorrectamente ya que etimológicamente significa "buena muerte" o
"bien morir" y el diccionario la define como "muerte sin sufrimiento"
y rara vez, el que la practica, se detiene a pensar si está provocando
algún tipo de sufrimiento en su VICTIMA. Recordemos, como ejemplo, al
tristemente difundido uso de miorrelajantes del tipo del "Paranoval"
que simplemente matan por asfixia.

Quiero referirme en esta oportunidad a la situación límite que, en la
práctica diaria de la clínica de pequeños animales, suelen presentarse
en la relación entre paciente, propietario y médico veterinario
actuante, dejando de lado, momentáneamente todas las otras razones,
circunstancias y medios en y por los cuales se llega a decidir que
uno, varios o muchos animales deben morir. Es mejor así debido a que
el análisis de motivaciones culturales, sociales y económicas, implica
un conocimiento técnico amplio y profundo de cada uno de esos campos y
no me parece prudente tratarlos con ligereza. De todos modos,
cualquiera sea el punto de partida, la meta es la reivindicación de un
principio ético fundamental: el respeto por la vida en todas sus formas.

De la mencionada relación de tres trataré de analizar, en primera
instancia, las diversas actitudes de dos de sus miembros, siguiendo
así la costumbre establecida en nuestro medio de prescindir de la
opinión de un tercero. Dejaré para el final la observación de la
situación y la actitud de este tercer personaje que es, obviamente, el
paciente.

El médico veterinario y el propietario deben coincidir, necesariamente
en sentido afirmativo, para que el hecho se produzca.

¿Por qué el propietario decide que su animal debe morir?

1) Porque el animal está muy viejo, sordo, casi ciego y camina con
dificultad y "él no puede soportar" verlo en esas condiciones,
recordando los momentos felices que pasó viéndolo retozar cuando era
joven.

2) Porque, si bien es joven, "él no tolera" verlo con ese aspecto
horrible que le da la enfermedad de la piel, crónica y tan rebelde a
los tratamientos que por otra parte produce un olor tan desagradable,
"pobrecito" (?).

3) Porque la enfermedad es grave, con pocas posibilidades de superarla
y "él sufre mucho" pensando que, después de tanta lucha y dolor, de
todos modos su animalito puede morir.

4) Porque la situación familiar, derivada de la preocupación por la
enfermedad del animal "se hace insostenible".

5) Porque verdadera y sinceramente, cree que existe una posibilidad de
ahorrarle sufrimientos supuestamente inútiles a un animal que ama de
verdad.

6) Porque acepta el consejo del médico veterinario.Los cuatros
primeros casos, cuyos argumentos he debido escuchar casi textualmente
con tanta frecuencia, son el resultado de una actitud absolutamente
egoísta, refiriéndose todos ellos a la preocupación que el dueño tiene
por su propio bienestar, olvidando considerar a quien realmente
necesita consideración.

Quien nos ha dado tantos momentos felices a través de muchos años
merece que, al menos, le dediquemos unos meses de esfuerzo y algo de
preocupación para ayudarlo a transitar sin dolor los últimos tramos de
su vida.

El ser que nos hizo enorgullecer con su belleza no merece ser
condenado a muerte porque momentáneamente no satisface las necesidades
estéticas de nuestra vanidad.

Nuestro propio dolor por el enfermo que sufre no puede ser contemplado
antes que el del propio enfermo, porque es él quien necesita ayuda.

¿Y la situación familiar? Muchas veces se invoca la presencia de niños
para los cuales la situación resultaría una experiencia desagradable.
¿Por qué no aprovecharla para brindarles un ejemplo de solidaridad con
el que sufre y de amor por la vida?

Los motivos expresados en los casos 5 y 6 merecerán ser incluidos en
las consideraciones generales. No obstante sería bueno pensar si
detrás de ese "ahorrarle sufrimientos" no se oculta la intención de
desembarazarse de una verdadera carga o si el consejo del profesional
no resulta especialmente apropiado y oportuno para aliviar un
sentimiento de culpa por la consumación de un hecho que no podrían
llevar a cabo sin un cómplice.

¿Por qué el médico veterinario decide que su paciente debe morir?

1) Porque lo considera incurable.

2) Porque las escasas posibilidades de curación no justifican los
esfuerzos de todo tipo que deberían realizarse.

3) Por ahorrarle a su paciente sufrimientos "supuestamente inútiles.

4) Porque el propietario lo pide.

El pronóstico de incurabilidad es pronunciado con frecuencia muy
llamativa, tanto que cabría cuestionarse la utilidad de tantos años de
estudios realizados por los veterinarios dado que, aparentemente, sólo
son atendibles las enfermedades que no revisten verdadera gravedad.

Como médico veterinario debo confesar que pronosticar incurabilidad,
especialmente si el diagnóstico va acompañado de algunos estudios
complementarios y la sentencia se pronuncia con gesto académico, es
una salida elegante llena de ventajas, a saber:

a) libera de la responsabilidad de enfrentar un tratamiento con
probabilidades de fracasar y los fracasos, aún en casos gravísimos,
siempre provocan cierta pérdida de prestigio.

b) Alivia el esfuerzo de trabajo y dedicación que significa un enfermo grave.

c) En caso de ser aceptada la eutanasia por el dueño (cosa muy
probable) se termina en un instante con un "caso problema", quedando
más tiempo disponible para las vacunaciones y casos sin gravedad que
son la fuente más importante de ingresos fáciles.

Personalmente, cuando ante un caso muy grave se me requiere un
pronóstico definitivo suelo responder que solamente podemos estar
seguros de lo que conocemos con certeza y este tipo de conocimiento
certero es tan escaso entre los hombres que podemos asegurar que lo
que conocemos es ínfimo en relación con lo que no conocemos. De modo
que nadie, absolutamente nadie, puede tener la certeza, la seguridad,
de que un paciente indefectiblemente morirá. Dicho de otra manera,
solamente podremos asegurar la incurabilidad de un paciente cuando
éste haya muerto.

Todos los milagros son simples evidencias de nuestra ignorancia. Yo
sigo asombrándome cada vez que presencio la curación de un caso que,
de acuerdo con el diagnóstico de enfermedad clínica perfectamente
realizado, debería darse por perdido. Del mismo modo, me asombro ante
el desenlace fatal de casos que estaban aparentemente bien controlados.

De manera que podemos preguntarnos: ¿debemos condenar a muerte a un
animalito simplemente porque ignoramos la forma de curarlo?

Nuestra misión como médicos es luchar por la vida del enfermo,
tratando siempre de curarlo o al menos, de aliviarlo, con todos los
medios disponibles, poniéndonos de su lado y no del lado de la
enfermedad y de la muerte.

Todo ser vivo tiene el derecho de ser favorecido por el "milagro" y no
podemos negarle su oportunidad.

Con demasiada frecuencia se olvida la consulta entre profesionales y
muy especialmente se olvida recurrir a otro tipo de medicina no
convencional y aún a los métodos tachados de mágicos o curanderiles,
como si el dogma científico fuera más importante que la vida del
enfermo.

¿Cómo podemos traicionar a quien nos pide ayuda y confía en nosotros?
¿Es que el orgullo personal, la necesidad de prestigio y consideración
o aún el interés material valen más que la vida y el bienestar de
nuestro paciente?

Profundizando un poco más, afirmo que los hombres, cualquiera sea el
grado de autoridad científica, social o cultural que hayamos
alcanzado, no tenemos el derecho de destruir aquello que somos
incapaces de crear y cuyo profundo misterio desconocemos: la VIDA.

Y como en la situación que estoy analizando cuando hablo de vida me
refiero específicamente a la del paciente, analizaré la condición de
este "tercer personaje", a quien considero el más importante.

Si él pudiera hablar y le preguntáramos su opinión ¿qué diría?. Si el
pudiera...Pero... ¿no puede? ¿Cuántos de nosotros y cuántas veces nos
hemos detenido a escuchar su voz? Todos los animales son capaces de
hacernos saber qué quieren, qué sienten, especialmente si convivimos
con ellos, y en el caso de los animales enfermos esta expresividad se
conserva y aún se exalta en algunos casos, resultado casi obvio que,
aparte de la expresión y la actitud, cada síntoma es un pedido de ayuda.

Ha sido observado además que los animales son capaces de cierto
"voluntarismo" en relación con su vida, tal el caso de los perros que
por haber muerto su amo "deciden" morir también (cada lector debe
conocer alguna historia de estas).

En lo que a mi respecta, me ha sido relatado por un allegado inmediato
al protagonista y testigo presencial, un escalofriante episodio de
supervivencia voluntaria. Trataré de resumirlo.

Un hombre, por razones de trabajo debe viajar por un tiempo. Su perro,
ya viejo, queda en su casa en compañía de su familia. En ausencia del
amo el perro enferma gravemente y el médico veterinario que lo atiende
pronostica un desenlace fatal a corto plazo, llegando incluso a
proponer la eutanasia para evitar lo que se consideraba una agonía
inútil. Los familiares prefieren no tomar ninguna determinación sin el
consentimiento del amo, quien al serle comunicada la novedad decide
regresar.

Mientras tanto transcurren los días, el perros está en un estado de
sopor comatoso, no come ni bebe, apenas respira. Nadie, incluido el
médico veterinario, se explica cómo es posible que siga viviendo. Ya
debería estar muerto. Transcurre en esas condiciones casi una semana.
Finalmente el amo regresa y el perro, que había estado "inconsciente"
todos esos días, al entrar aquél levanta la cabeza y lo mira. El amo
se acerca y, llorando lo acaricia. En el momento de recibir la caricia
el perro muere.

¿Cómo es posible que propietario y veterinario decidan, a veces tan
ligeramente, el destino de una vida como esa?

Alguien podría decir, y de hecho lo he oído varias veces, que es
"inhumano" permitir el dolor "inútil en un perro que ni tiene
esperanzas de salvación".

Ya he mencionado la relatividad y subjetividad del concepto de
incurabilidad, de modo que agregaré otra afirmación: creo que no
existe ningún dolor físico que supere al que produce la certeza de la
muerte artificial inminente producida con la complicidad de quien se
ha amado tanto.

Pocas personas ignoran que los perros perciben nuestra actitud aunque
no hagamos absolutamente nada, de manera que es evidente que "saben"
qué es lo que vamos a hacer cuando empezamos a hacerlo. Cuando
llamamos a nuestro perro para salir a pasear éste viene
inmediatamente, pero cuando lo hacemos para bañarlo (si es que el baño
no le gusta) se esconde aunque nuestro tono de voz sea el mismo.
Cuando lo llevamos al consultorio del veterinario se resiste a pasar
por el lugar, aunque el camino sea el mismo que recorremos para ir a
la plaza. Y cuantos ejemplos más.

¿Cómo podemos pensar entonces que él no sabe que vamos a matarlo?

El lo sabe y ningún sufrimiento físico es comparable con la angustia
que éste hecho le produce. Quien haya mirado los ojos de un perro en
ese trance no olvidará jamás esa mirada. Yo no la olvidaré. Como
tampoco olvidaré jamás el último caso en el que llegué a practicar la
"eutanasia".

Se trataba de una perra con una encefalitis en período depresivo que
se encontraba en coma desde hacía 48 horas. Cuando en complicidad con
el dueño, convencidos de que era lo mejor, tomamos la nefasta decisión
y preparé la jeringa y al inclinarme sobre mi paciente para inyectarla
empezó a sacudirse tratando, aún inconsciente, de incorporarse para
escapar.

Estoy absolutamente convencido de que ella supo lo que yo iba a hacer.

Y si ellos conocen nuestras intenciones... ¿cómo vamos a abandonarlos
justamente cuando más nos necesitan? ¿No somos capaces de dedicarles
algunas horas, días o aún semanas de nuestro esfuerzo, cuando ellos
hubieran sido capaces de dar la vida por nosotros?

Estoy mencionando exclusivamente a los perros, pero esto se debe
exclusivamente a que es una de las especies que tiene un mayor
contacto con el ser humano y por lo tanto, estamos familiarizados con
ellos. Todos, absolutamente todos los seres vivos sufren la muerte y
digo la "muerte" y no su propia muerte exclusivamente. Como ejemplo de
esto bastaría con remitirse a las extraordinarias experiencias
relatadas en el conocido libro "La vida secreta de las plantas".

Lo único que conocemos de la vida son sus manifestaciones y una de las
principales características observadas en la sustancia viva es su
lucha constante por la conservación de esa vida.

Cada célula, cada ser unicelular, cada partícula de protoplasma está
luchando por conservarse viva, por disponer del mayor tiempo posible
para alcanzar sus "metas biológicas".

Entonces, ese animalito que estamos planeando matar, ¿no se sentiría
feliz, a pesar de los dolores de una enfermedad que lo está
derrotando, de saber que estamos a su lado, luchando por su vida hasta
último momento?

Cada ser vivo tiene su tiempo, su tiempo para nacer y su tiempo para morir.

No conocemos las leyes que rigen la multitud de circunstancias que
conducen al nacimiento de un nuevo ser, de un ser único, inédito,
irreproducible, y la multitud de circunstancias que determinan el
final de esa vida única e inédita.

Matar es sólo eso, matar. Destruir la vida. Jamás debemos aceptar que
la muerte, la muerte artificial, la muerte provocada pueda producir
algún beneficio.

Todo ser vivo tiene el derecho de vivir hasta su último instante, de
disponer de todo su tiempo y de alcanzar su "propio fin", su muerte
natural. Y esa es la única, la verdadera eutanasia. Todo lo demás es
asesinato.

"No matarás" nos dice uno de los mandamientos y eso significa también
"no matarás en tu corazón", es decir la profunda y verdadera actitud
vital de respeto a la maravillosa creación en la cual estamos incluidos.

Con otras palabras, sólo el amor puede salvarnos.

Dr. Juan Agustín Gómez